Si se ofrecía estar en este velorio dando de comer y tanta cosa, y allá se murió otro

(FRySSI,TEM,105) -Constancia Pazmiño - La Providencia

Constancia Pazmiño: Vayan a ver a la señora Constancia, si van a hacer un velorio, vayan a ver a la señora Constancia, si había algún enfermo que vaya donde la señora Constancia y para donde quiera me cargaban jalando.

Entrevistador 1: Pero ¿para qué la llevaban, para qué la jalaban?

Constancia Pazmiño: A hacer oficios. Mataban puerco: “Señora Constancia aquí está este puerco, vea usted que es lo que puede hacer para un velorio”. Hacer esas carnes punzadas, esas piernas, picar esa carne para hacer longanizas.

Entrevistador 1: Así que ha sido muy trabajadora.

Constancia Pazmiño: Uhh… tal vez no igualo a nadie. Ya la juventud, ya lavan, ya están desmayaditas. Yo no, yo era noche y día que trabajaba porque si se ofrecía estar en este velorio dando de comer y tanta cosa, y allá se murió otro, vaya corra para allá, unos nidos de culebra, vaya corra, asista allá. Vaya, y yo no sentía mala noche, seguía haciendo mis oficios y todo quedaba, todo aseado, todo limpio.    

Entrevistador 1: ¿Pero le pagaban cuando le invitaban?

Constancia Pazmiño: Yo nunca les decía: tanto vale, pero ellos para qué, me recompensaban hasta mucho, yo iba cargadita con mi alforjota de comida… que la carne, que la longaniza, que la morcilla. Hasta mucho me daban, pero yo plata no, nunca les dije: “Denme 10 dólares”, 10 sucres que entonces no habían dólares sino sucres. Pero yo no, nunca, pero llevaba yo hartas cosas a mi casa, bien atendida. No le digo que San Isidro, todo San Isidro era mi panela, ellos me atendían, alguna cosa me pasaba y yo les decía enseguida. Me decían: “Señora Constancia, todo el tiempo tenga usted su olla de agua hervida. Si algún borracho la anda molestando o con alguna mala crianza, aviéntele agua caliente y que se venga a quejar aquí, que venga a poner la denuncia aquí”. Yo sí, pero a mí nunca, nunca me anduvo nadie, eso sí, yo vendía mi aguardiente no era que: “venga, póngame una botella de puro”. No, tiene la boca libre, dígame: “Póngame una caja de cerveza, póngame un torimo, póngame un coñac, un whisky”, lo que fuera, en la mesa está servido. Pero a mí de andarme jalando, ni estirando, ni apretando, no. Ahí están esos cristianos de aquí de enfrente, también esa gente eran chupadoras en mi casa, que nos pueden decir: “Ay, usted era de esta manera, de la otra”. Gracias a Dios, yo me hacía respetar en mi casa, y hacía respetar mi casa. Yo sí.           

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