No sé si todavía tendré marcas en el espinazo, a mí me tendían en un banco, ahí me pegaban con esos cueros de vaca

Entrevistador 1: ¿Cómo fue su crianza?

Ángela Bravo: Yo no le puedo contar que fue una crianza como ahorita veo los niños, todos los padres los adoran, ya que podía bajar a espantar un pollo o a ver algo abajo, yo bajaba, y si no bajaba rápido me cocachaban, me pegaban, mi vida fue bien amargada, con el garrote, con el torcido, ahorita juegan a las pelotas los niños, pero yo no, yo no podía, no sé si todavía tendré marcas en el espinazo, a mí me tendían en un banco, ahí me pegaban con esos cueros de vaca, los ponían con suero amarillo, sebo, con eso le arrancaban a usted el pedazo. Ahorita la juventud ya no es como antes, se burlan hasta de uno que está viejo.

 

Ya llegaba la gente y yo bajaba a verles los perros, por esta escalera subían ellos y por acá subía yo, porque dice el refrán: había dos escaleras, uno para subir uno, y otra para subir los otros

Pero en ese entonces, allá venía un abuelito, un viejito iba llegando y usted se le arrodillaba a hablarle al bendito, cogerle la mano y darle un beso, toda persona viejita, y ahorita: “Mira, esa vieja va por ahí”. Antes a una persona no se la trataba así, fui una mujer que me supieron criar, si hasta los grandes por ahí mucho puede ser para meterme a la conversa, yo salgo, me voy. Uno podía estar conversando, los muchachos estaban por allá y que lo vieran por ahí, no le digo que disimuladamente se levantaban y le pegaban un torcido a uno. Así me criaron a mí, ya llegaba la gente y yo bajaba a verles los perros, por esta escalera subían ellos y por acá subía yo, porque dice el refrán: había dos escaleras, uno para subir uno, y otra para subir los otros.                  

Entrevistador 1: Cuénteme un día normal de su vida, desde que amanecía hasta que anochecía.

Ángela Bravo: Yo me levantaba a las 3 de la mañana, todo el día a trabajar, si no que una comadre me iba a ayudar, porque yo no iba a alcanzar con la edad que yo tenía a hacer todo, he de haber tenido unos 8 años; de 10 años para adelante me tiraron a lavar, a cocinar, a planchar, a hacer lo que había que hacer. Yo lavaba, yo cocinaba, yo veía una niñita que había, la veía, porque mi patrona, ella era gordísima y se había dañado un brazo, tenía el avispero, no podía andar con esa niña y yo me hacía de esa niña, de verla. Mi vida era así, ser huérfana a una tierna edad, yo no supe cómo me llevaron allá, dicen que ahí me llevó mi mamá, pero yo digo: ¿cómo mi mami habló? si dicen que acostada estaba, yo estaba protegida en el brazo de ella, y ella murió ahí, ¿cómo habló mi madre?, que me recogieron ellos y que yo fuera a pagar el entierro que le habían hecho a ella.         

Entrevistador 1: ¿Y quién pedía a su nombre?

Ángela Bravo: El patrón donde yo estaba, don Elías Espinoza. Él dijo, que mi mami le había dicho que a donde yo quedaba quería que yo pagara el entierro, todos los gastos que habían hecho ellos. Y ahora que me dicen que mi madre la enterraron en una caja, no más hecha la caja así, lavada, no forrada, nada. Por eso digo señora que lo que se hace aquí la pagamos. Él murió de limosna porque ya cuando murió no tenía nada. Esto es dicho por las hijas, que las hijas me conversaron a mí, que viven allá en La Estancilla. Y por eso le digo: nadie debe usar venganza con un viejo, con un anciano; a mí sí me dieron garrote. Y la vez que me pegaron yo ya le dije a mi hermano que si no me iban a ver, si mi papá no me iba a ver, yo cogía así sea que pasara por ahí un pendejo, les digo, me largo con él. Lo que me dijeron ellos fue que estaba loca, digo: “No estoy loca, sino que ya tengo asunto para asuntarme”.                

 

Me daban con un sope, con un palo en la cabeza, ahí me dejaban atormentada con el dolor, yo sí lloraba. Una vez me rompieron la cabeza por la parte de atrás, ahí se asustaron porque vieron que me quedé doblada.

Entrevistador 1: ¿Cuántos años tenía usted cuando todavía la castigaban?

Ángela Bravo: Y a mí me castigaban hasta que yo casi salí mujercita, yo ya era una mujercita, hasta ahí me pegaban. Me daban con un sope, con un palo en la cabeza, ahí me dejaban atormentada con el dolor, yo sí lloraba. Una vez me rompieron la cabeza por la parte de atrás, ahí se asustaron porque vieron que me quedé doblada. Dicen que allá la vamos a pagar, no, aquí se paga, venganza con venganza, todos vamos a pagar aquí. 

Entrevistador 1: ¿Y a los cuántos años salió usted de ahí?

Ángela Bravo: Más o menos digo yo de unos 20 años, no sé digo yo en mi pensamiento, porque todos sabían leer ahí, a mí fue a la única que no me enseñaron a leer, porque yo no tenía el tiempo. Yo era para hilar algodón, para pelar la higuerilla en cáscara blanca esa, de ahí pelarle la otra cáscara, pelar el piñón, sacarle esa cáscara y pelarlo para sacar el jabón prieto, jabón de lejía, ahora coger ese algodón y desmotar todo ese algodón, una libra de algodón, hasta las 12 uno estaba ahí.

Entrevistador 1: ¿Y para qué era el algodón?

Ángela Bravo: El algodón uno lo desmotaba para hilarlo, uno lo cogía y luego lo desmotaba, tenía que terminar antes de la semana una bola de algodón del tamaño de una pelota de fútbol, ¿para qué?: para hacer esas hamacas, para hacer los ponchos, para hacer las alforjas, para hacer esas camisas de algodón. 

Entrevistador 1: ¿Y usted mismo las hacía?

Ángela Bravo: No, eso no hacía, eso lo llevaban ellos, yo no sé dónde hacían hacer o lo vendían ellos para que hicieran. Por eso le digo niña, ahorita la gente juega a la pelota, un niño, yo no, hasta lo último, por eso cuando veo un niño digo: ay, pobrecito, porque me da pena, porque yo sí sufrí, yo sé lo que es un sufrimiento. A una mujer cuando el marido la maltrata, yo digo cómo sufrí yo, cómo pasé mi vida, y ve cómo estoy ahora. Bueno, me enseñaron a hacer todo, y aprendí, pero lo que yo he sufrido ninguna persona ha sufrido, porque yo ahorita veo que la gente juega a la pelota hasta con los padres, bueno hasta aquí yo me considero que sí me rompieron, me pegaron, pero me enseñaron a ser cristiana.      

 

 

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