Mis hermanos todos eran pequeñitos y eran siempre enfermos

Mis hermanos todos eran pequeñitos y eran siempre enfermos ¡Ay Dios mio! Todos dormían conmigo, no había que ellos durmieran aparte, todos dormían conmigo y entonces no había ni colchón, sino un petate, de esos petates gruesotes que había, ahí en el suelo, ahí dormíamos todos, sí

A mí, eso le decía, que nos ayuda, yo me tocaba ir a dejar comida, ahí lejos, ponía los atados de comida en hoja verde, alzaba y de ahí subía lomas y el caldo lo llevaba en olla. Hacíamos la rueda de zapán y ahí le poníamos la tira. Yo con mi Peter, que era mi hijo mayor, a los otros les dejaba solos ahí en la casa. Si la vida de ante sí fue dura dura. Y con mi padre, asi mismo nos tocaba ir a dejar esa comida a los trabajadores. ¡Ay Dios mío! Yo decía, la tontera de una, cuando ya me tocaba yo decía: “¡Ay Dios mío! ¡Ay Dios mío! ¿Por qué no nos lleva? ¿Por qué no nos hace morir a toditos? Para ya no quedar nada” Es que yo llegaba cansada, tenía que acostar a todos esos niños, porque mis hermanos todos eran pequeñitos y eran siempre enfermos ¡Ay Dios mio! Todos dormían conmigo, no había que ellos durmieran aparte, todos dormían conmigo y entonces no había ni colchón, sino un petate, de esos petates gruesotes que había, ahí en el suelo, ahí dormíamos todos, sí. Yo no sé cómo, ni remedios había, nada si uno estaba turro, lo que hacían era tener manteca de gallina derretida, y eso nos le daban, nos daban, porque cebolla no había, porque ahora bueno ponen a hacer un jarabe de cebolla, pero antes no había eso, antes no, esa mancha de piñón también se le echaba ahí, eso nos daban a tomar si era que nos cortábamos o alguna cosa, alguna llaga, esa misma manteca con leche de piñón y nos curábamos, sí.  Y no teníamos nunca, y mis hijos todos fueron fuertes, no enfermos.

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