Asdrúbal Zambrano y Brígida Lucas – Piquigua

Yo comencé a salir hacia los 18, los 19 años, que por ahí pedíamos  permiso, y eso sólo hasta las doce, mucho hasta la una, si nos pasábamos nos ponían en tapas de cola porque no llegábamos a la hora, si no le ponían unos granitos de maíz y ahí se arrodillaba, y si no le hacían extender los brazos y le ponían dos piedritas en las manos.

Antes nuestros padres no nos enseñaban a leer, porque íbamos con el enamorado y salíamos pariendo.

 

En la fiesta de san Pablo teníamos un cuñado que llamaba Fermín Ureta, allá mataban puerco, matan vaca, matan pavo, era un desperdicio de comida.

No se podían decir ni malas palabras, porque si no enseguida le ponían a rezar el bendito (junta las manos, los codos a la altura del pecho, las manos hacia arriba a la altura de la cara, bien juntas) se arrodillaba por ahí y gritaba: “bendito y alabado sea el Señor santísimo sacramento del altar”; no podía pasar una persona menor al lado de un adulto, usted tenía que saludarlo, arrodillarse, y hablar el bendito y besarle la mano.

Anterior aquí las fiestas de Piquigua eran famosísimas, pero ya era en toda la calle, porque ahí venían tilicheros y se ponían en la parte de acá y en la parte de allá, y había un salón aquí y otro salón allá, no es como ahora que hay a un solo lado, anteriormente no, venían los vendedores, venían de todas partes, venían los charapotitos, los salones.

A veces sin zapatos en tablita de cañas pero ahí andábamos, antes casi a uno no le compraban zapatos como ahora, en vez de zapatos nos poníamos hojas de maíz pero en invierno porque le caía comezón a uno, para cubrirle los pies, pero por gusto porque igual le caía la hoja de maíz mojado.

 

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